viernes, agosto 10, 2007

What if

En abril de 1903, cuatro meses antes de que en Basilea, Suiza, se celebrara el Sexto Congreso de la Organización Sionista Mundial, se había producido el pogrom Kishinev. Más matanzas se vislumbraban a corto plazo. Los judíos de Rusia debían conseguir con urgencia otro lugar donde vivir.

En agosto la situación era apremiante. Teodoro Herzl, presidente del Sexto Congreso, antes de las sesiones tuvo una con Jospeh Chamberlain, Ministro de colonias de Inglaterra. Chamberlain, en lugar de de interceder frente al Imperio Otomano, le ofreció el territorio de Uganda, país africano, lindante con Kenya, recién ocupado por los británicos. Los judíos asentándose en Uganda solucionaban dos problemas: las tropas británicas no terminaban de someter a los nativos gandas. Además esa salida resultaba la más inmediata para los judíos de Rusia, que estaban en peligro.
Los pogroms provocaban cada vez más muertes. La indiferencia del Zar se mantenía invariable. La situación era apremiante.

Herzl, con entusiasmo, transmitió la propuesta ingles en el discurso de apertura del Sexto Congreso: “La nueva región no tiene el valor histórico de Israel, pero espero que el Congreso acepte la propuesta con cálido agradecimiento. Significa la construcción de un asentamiento judío en África, con un gobierno judío bajo el control de Gran Bretaña. Se propone este giro de política para aliviar las penurias de nuestro pueblo”.

Max Nordau apoyó la propuesta de Herzl: “A diferencia de nosotros que estamos establecidos de forma permanente, miles de nuestros desdichados hermanos deambulan de continente en continente. Si no hacemos algo para salvarlos ahora mismo se perderán para siempre. Este territorio les dará techo y comida”.

Najman Sirkin también apoyó a Herzl: “Lo que nos obliga a dirigirnos a otra tierra es el riesgo que hoy corre nuestra gente y la urgente necesidad de organizar la emigración”

Iejiel Chelnov se opuso: “El anhelo de volver a Israel creó al sionismo. Íbamos hacia donde éramos empujados por la voluntad de extraños. Pero desde que somos sionistas no vamos adonde nos mandan”.
La discusión se tornó tan ardua que el Congreso estuvo a punto de romperse. Paradójicamente, los delegados rusos fueron quienes más se opusieron a la propuesta británica. Su líder, Jaim Weismann, se estaba retirando de la reunión con muchos de sus compatriotas cuando el prestigioso filántropo, Barón Maurice Hirsh, irrumpió en escena: “Quienes están retirándose en este momento son unos egoístas. Es cierto: Uganda es un territorio hostil hasta para los ingleses, por eso no apoyo la moción. Tampoco les podemos pedir a los judíos de Rusia que esperen a Israel. Todos sabemos que en cualquier momento les cae otro pogrom. Hay que sacarlos de allí ya mismo, y no para llevarlos a Israel ni a Uganda sino a la Argentina. Allí fundé diez y siete colonias, invitado por el actual Presidente. El general Julio Argentino Roca, ocupa la Primera Magistratura por segunda vez, fue mi vecino durante los dos años que vivió en París con su esposa y sus hijas. En aquel entonces venía de vencer a los indios en la llamada Campaña del Desierto. Dominó la Patagonia, un territorio cuarenta veces más grande que el de Israel. Aunque el lema de los políticos argentinos reza ‘Gobernar es poblar’ no consiguen voluntarios para ir al sur. Las temperaturas son bajas, pero no tanto como las de Moscú. Los judíos pueden dejar Rusia mañana mismo”.
Cuando el Barón Edmond de Rothschild subió al estrado, el Teatro de Basilea donde se estaba desarrollando el Sexto Congreso era la sumatoria de cientos de murmullos. Se apagaron al ritmo febril de los pasos de ese hombre: “El Imperio Otomano me vende tierras en Jerusalém y en los alrededores. Al Sultán no le importa que el dinero venga de un judío. Conseguí varios asentamientos, verdaderos semilleros para el futuro, todos logrados a fuerza de inversiones. La propuesta del Barón Hirsh es contraria a mis intereses, aun así es la mejor. Trae resultados inmediatos”.
Una parva de sombreros negros voló de los palcos a la platea.

En 1903 los judíos comenzaron a llegar a la Argentina, en gran número. Como descendían de barcos rusos, tenían apellidos rusos y hablaban en ruso, los llamaron rusos. Ese apodo cayó en desuso al poco tiempo, cuando arribaron judíos desde los cinco continentes.

Los nuevos colonos judíos desmalezaron la tierra con más perseverancia que herramientas. Los constantes cuidados de los cultivos hicieron que las cosechas fueran cada vez abundantes. Con los primeros ahorros se instalaron molinos, talleres para procesar materias primas y líneas de envasado. Gracias a esta nueva situación el la Argentina pasó a exportar más alimentos con valor agregado en lugar de simples productos genéricos. El “granero del mundo” -como llamaban al país en aquel entonces- se industrializó. La asombrosa transformación de aquellos primitivos colonos en empresarios atrajo a judíos de todas partes del mundo, aunque ya se trataba de gente con más capital.

En 1914 la Primera Guerra Mundial enfrentó al Imperio Británico con el Otomano.

En 1917 Balfour, el canciller inglés, firmó el tratado que se recuerda con su nombre; quedó sellado el compromiso: el Imperio Británico, si ganaba la Guerra, cedería tierras a los judíos, en Medio Oriente.

En 1919 los británicos ganaron la guerra. Nunca cumplieron con el Tratado de Balfour.
En la Argentina, en 1928 el Presidente Hipólito Irigoyen convocó a un Congreso Constituyente. La nueva Carta Magna dejó de lado la exigencia de ser católico para ocupar la Presidencia de la Nación.

En 1933 Hitler fue designado Canciller de Alemania. Albert Einstein fue uno de los primeros en reaccionar: emigró a la Argentina. Einstein motivó a otros científicos a seguirlo. Lazlo Biro dejó Hungría. Tiempo después desarrolló su creación: la birome. Otros científicos judíos llevaron consigo sus descubrimientos: Albert Sabin, después de ser corrido de su Polonia natal, descubrió la vacuna contra la polio. Zalman Waxman esclareció la cura de la tuberculosis; Widall Weill descubrió la eficacia de la xilocaina como anestesia y Oscar Malinoswsy trabajó hasta consolidar a la insulina en al lucha contra la diabetes. Todos ellos son algunos de los ejemplos sobre los trabajos que se concretaron lejos de las persecuciones.

En 1940 Gran Bretaña y Francia declararon la Guerra a Alemania, que había invadido Polonia. El Congreso de la Argentina aprobó el inmediato despacho de tropas. Albert Einstein le envió una carta al Presidente para avisarle que los nazis estaban desarrollando la bomba atómica. Julius Robert Oppenheimer viajó al país para trabajar con Einstein en un proyecto secreto.

En 1945 el resultado de ese esfuerzo terminó con la Guerra. A la comunidad judía se la reconoció como nunca antes.

En 1946 Pedro Sledock fue elegido el primer Presidente judío de la historia argentina, Después de su mandato se sucedieron presidentes católicos y judíos sin que esto generara inconvenientes.

En 1990 los ingleses -casi cinco décadas después de aquella Guerra siguen ocupando Jerusalém -, descubrieron enterrada una pared del Gran Templo (Beit Amikdash), también conocida como el Muro de los Lamentos. Los turcos -sometieron Jerusalém durante cuatro siglos-, usaron como basural el lugar más sagrado de los judíos. Literalmente lo taparon con basura. Luego de este descubrimiento, y una vez restaurado el lugar, fue visitado por miles de judíos oriundos de todos los confines.

Los peregrinos fueron atacados por los árabes. Los ingleses no pudieron controlar a los árabes ni garantizar la seguridad de los visitantes. El problema se llevó a las Naciones Unidas. Allí se dictaminó que Jerusalém sería “Patrimonio Universal de la Humanidad, protegido por los cascos azules”.
Los árabes se enfurecieron.

En 1994 en Buenos Aires un camión conducido por un suicida voló el edificio de la Asociacion Mutual Israelita Argentina, AMIA, una represalia mas de los árabes por haber perdido lo que no cuidaron.

Jean Paul Sarte escribió: “El antisemitismo es la enfermedad mental de los antisemitas. Es su refugio ante las dificultades de la realidad que no son capaces de resolver por sí mismos. Los judíos son el chivo expiatorio de los fracasados. Si el judío no hubiese existido, antisemita los habría inventado.

lunes, julio 16, 2007

Isla Flotante

La voz de la secretaria anuncia a Donald Trump. Bill Gates acomodo los anteojos cuadrados sobre la nariz antes de recibir al invitado:
- Cada vez somos más los que creemos en un país propio - las palabras de Trump sonaron mullidas como el sillón de cuero negro donde se apoltronó. - En todos lados nos quieren cobrar más impuestos. ¿A cambio de qué? A cambio de nada, ni siquiera nos garantizan seguridad. Llegó el momento del éxodo. Adónde sea.
- ¿Adónde? Nadie mejor que quien construyó en los cinco continentes para saber donde levantar un proyecto tan grande. – Gates se sentó frente a su interlocutor.
- No tan grande – Trump dibujó una trompa con los labios antes de explicar tanta certidumbre - Somos tan pocos que alcanza un lugar como Mónaco, que tiene dos kilómetros cuadrados. Hice obras más grandes y con menos inversores.
- Hablando de inversores – Gates sacó del bolsillo interno del saco una agenda electrónica - aquí tengo una lista de personas que quieren financiar la idea, pensar que hace poco apenas contábamos con Soros y Rockefeller.
- Es como con mis edificios - Trump hace una pausa para rastrillar con los dedos el jopo pintado de rubio-, - Mucha gente acaudalada hace cualquier cosa con tal de ver sus apellidos junto a los nuestros.

Meses más tarde, en una reunión convocada en la mansión de Spilberg, el exitoso director, expuso aspectos creativos del nuevo país ante una audiencia colmada de billonarios. En una pantalla se proyectaba la imagen de una bandera dorada acompañada de una banda de sonido que entonaba un Himno Nacional.



Arriba los ricos del mundo
de pie esta nueva y gloriosa nación
donde brota oro de lo más profundo
para terminar con cualquier revolución

Volveremos al pasado
cuando todo era del amo
nada del esclavo
y era una virtud permanecer callado

Arriba los ricos del mundo
los empresarios con un plan
para que todo cambie
y al final todo quede igual

Sindicatos, nunca más
Ahora decide el patrón.
Revueltas, nunca más
Se acabó la liberación.

Que caiga la quimera
la que nos iba a derrocar
Usemos tecnología de primera
La que no sabe otra cosa que trabajar

Las ideologías nos han culpado
Por el sufrimiento de los perdedores
Mejor culpen al Estado
nosotros somos emprendedores.

Basta ya de proteger tanta bobada
Basta ya de igualar hacia abajo
Apoyemos la iniciativa privada
Ser dueño es el principal trabajo.

- Tenemos himno y bandera, falta el nombre del país-el anfitrión detuvo la película con un control remoto.
- Todos los presentes están el ranking que publica mi revista - exclama Forbes - propongo que el nuevo país se llame Forbesland. El nombre quedó aprobado por aclamación. Clarines y trompetas de un programa de Microsoft anunciaron en pantalla el nuevo título: “Diez Mandamientos para Forbesland”.

1) Amarás al dinero sobre todas la cosas.
2) No arriesgarás tu capital en vano
3) Santificarás el día que te hiciste rico.
4) Honrarás a quien te dé y no a quien te pide.
5) No matarás, salvo que uses mano de obra contratada.
6) No cometerás el acto impuro de perder plata.
7) No robarás. A menos que nadie se de cuenta.
8) No levantarás más falsos testimonios que los necesarios.
9) No consentirás el deseo impuro de gastar plata.
10) Nunca dejarás de codiciar aquello de quien tenga más.

Tiempo después Forbesland fue designada una de las maravillas del mundo. Un reconocimiento pleno de justicia, ya que era una isla flotante en el medio del Mediterráneo construida por la mano del hombre. La Isla estaba rodeada por las más lujosas embarcaciones del mundo y en el centro contaba con un avanzado aeropuerto. Un ejército de mucamas, jardineros y otros trabajadores prestaban servicios a los ciudadanos. Desde el principio el número de habitantes creció sin cesar, todo el mundo quería trabajar en la Forbesland. Una reunión fue convocada de urgencia, donde todos simularon sorprenderse. La llegada de balseros africanos no era un secreto para nadie. Un fundador propuso a los grupos de la caza del zorro para capturar inmigrantes ilegales. Triunfó otra posición. Los inmigrantes serían perseguidos legalmente. Ellos podrían estar en la isla, sin derechos. Serían ciudadanos de segunda clase, con la amenaza permanente de la deportación.
Los resultados de esta política no se hicieron esperar desasido: Bajó el costo de la mano de obra.

domingo, julio 01, 2007

Milena

A la manera en que los árbitros de box consagran al ganador de una pelea, el candidato a gobernador levanta la mano de su vice. Una nena de unos ocho o nueve años comparte el improvisado escenario. El espacio elegido para proclamar la fórmula es una villa miseria. Alguien pregunta al candidato el por qué de ese lugar, mientras acaricia a la nena vestida con harapos responde: “Para diferenciarnos de la vieja política”. Su apellido, coreado por una docena de activistas, lleva la impronta de un origen italiano. El padre llegó a la Argentina al final de la Segunda Guerra, tras pocos años se convirtió en uno de los hombres más ricos del país haciendo negocios primero con los gobiernos militares y después con los civiles que los igualaban en corrupción. En la primera fila una señora mayor trata, inútilmente, de que no se le noten las lágrimas. La candidata es su hija, una socióloga especializada en el problema de la pobreza, que además escribe muy bien. Estas dos habilidades la acercaron al candidato, que no sabe de ninguna de esas dos cosas.

La semana anterior a las elecciones se realiza un debate televisivo entre los dos aspirantes a la Gobernación. Esa noche de invierno promete inflamarse. El programa arranca con una primera recriminación: Por qué este candidato no tiene escrúpulos en usar a Milena, una nenita que vive en una villa miseria, para disimular su clara ideología derechista. La respuesta no se hace esperar el inculpado asegura que hace cuatro años visita a Milena en su casilla de la Villa Miseria. La segunda recriminación vincula al candidato con los militares represores. La forma en que niega el rico heredero demuestra que la tranquilidad viene de cuna. Esa calma le aporta un punto en la pelea. Frente a una pantalla de televisión, la candidata a vicegobernadora sonríe mientras toma el té en la casa de sus padres. “Ahora es el momento de hablar de la seguridad, el punto débil del oficialismo” ella le dice al televisor. Al escuchar el padre concentra la mirada en la taza de té y alza las cejas, pregunta sin palabras. La hija no necesita mayor aclaración para justificarse: “Sí papá, el tema de la seguridad es el que más importa a la gente, sale primero en las encuestas”. Ella es la creadora de la estrategia de campaña; sabe que el padre nunca estuvo de acuerdo con decir lo que la gente quiere escuchar. La madre palmea dos veces la mano de su marido. Él entiende lo que su mujer quiere decirle: el debate debe seguir en la televisión, no en la mesa. Medio siglo de casados hace maravillas en la comunicación de una pareja. Al aparecer la primera publicidad, la madre habla del vestido ideal para ir a votar y la hija le explica que va ir de sport, ya se puso de acuerdo con su compañero de fórmula, los dos irían así. Una risa corta y burlona del padre es ignorada por las dos mujeres que hablan de blue jeans y pantalones de corderoy. La madre de pronto hace un silencio como quien recuerda algo y dice: Qué linda la nenita que estuvo en el acto de la Villa¨

En una casa a medio hacer, con bloques grises a la vista, en la Villa Miseria utilizada para lanzar la fórmula, Milena y sus padres miran el debate por televisión. El rico heredero devenido a político trata de convencer con su tono amable: “Voy a crear una Agencia de Prevención del Delito para que coordine los programas de asistencia social y para que administre la plata a repartir entre la gente más vulnerable". El papá de Milena toma el mate que le ofrece su mujer: “Ahora somos vulnerables, antes éramos carenciados. Mirá como se gasta el tilingaje en inventar palabras con tal de no llamarnos pobres”. La mujer mantiene la boca cerrada y la distancia justa para recuperar el mate. En la pantalla el candidato millonario se explaya a sus anchas en su tema favorito, la seguridad: “La Agencia de Prevención del Delito dependerá de un nuevo organismo, se va a llamar Ministerio de Seguridad. Se encargará de urbanizar las villas, iluminar las plazas y de coordinar becas de escolaridad para chicos que vienen de hogares relacionados con el delito". El hombre devuelve el mate a su mujer; ella lo llena otra vez con el agua de la pava y se lo da. Él extiende el silencio después de chupar la bombilla hasta que suelta una pregunta. Milena se acerca al padre y le pregunta: ¿Qué nos va a dar ese señor?



Tres años más tarde esa casa no existe más, tampoco la villa miseria. Esa zona se convirtió en la más cara de la ciudad. Una de las empresas del padre del Gobernador construyó lujosos lofts, los compran jóvenes exitosos del mundo de las finanzas. Los “vulnerables” no recibieron ninguna compensación. La gente que los votó dice: ¨Nos volvieron a engañar¨.

jueves, junio 07, 2007

El Perro Verde

Aunque la pierna del amo apenas se mueve debajo de la mesa, me gusta esa caricia en los alrededores de mi hocico, casi tan agradable como recoger pedacitos de carne asada directo de sus manos. Él se considera mi amo porque es el hombre de la casa, pero yo elegi a su esposa, la dueña de mi amor. No entiendo a las personas que no se dan cuenta de que somos nosotros quienes elegimos a nuestro dueño.

El amo me trajo a esta casa en una caja de zapatos. Fui el regalo de cumpleaños de su hijo. Él me llevó a una pieza al fondo del jardín, al lado de la pileta de natación. La primera noche no me di cuenta de que era un vestuario, eso recién lo supe el verano siguiente. Mis aullidos despertaron a toda la casa, pero sólo la esposa del amo vino a ver qué me pasaba. Apareció con un biberón lleno de leche tibia.
La noche siguiente también la pasé en la pieza del fondo. No tuve que hacer ruido para llamar la atención, antes de que fuera necesario vi la sonrisa de la esposa del amo. Su mano en alto agitaba el biberón. A partir de ese momento la declaré dueña de mi gratitud. ¿El hijo? ¿El del cumpleaños? Él ansiaba un perro de raza, un ovejero alemán. El día que me vio en la caja de zapatos, extendió su mano no para acariciarme, igual que hacían los demás. Tomó una libreta que vino conmigo. Era el acta de nacimiento, con los nombres de mis padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, de parte de padre y de madre. Los ojitos del cumpleañero brillaban de la alegría por tener un perro de pura raza. “Se va a llamar El Perro Verde”, gritó mientras daba un salto con los brazos en alto. Estaba entusiasmado conmigo, aunque se desentendió de mí antes del primer esfuerzo. Esperó a que creciera para jugar al perro y el ladrón. Yo siempre era el ladrón. Él me mordía y yo no podía hacerle nada. Adoraba a su madre, la dueña de mi amor.


La caja de zapatos le quedaba grande. Ese cachorrito necesitaba cuidados que mi marido ni mi hijo le iban a dar; yo me vería obligada a hacerme cargo. Siempre estuve en contra de tener un perro en la casa. De chica, en mi pueblo, tuve uno, murió atropellado por una camioneta. Juré que nunca más. No podría volver a sufrir la pérdida de otro perro. Termino queriéndolos demasiado. El único que trabaja en esta casa es mi marido, eso le hace creer que puede tomar las decisiones sin consultarlas con nadie. Él malcría a nuestro hijo, no le niega nada, ni siquiera un perro. La noche anterior al cumpleaños, con la cabeza apoyada en mi almohada le volví a contar mi problema con los perros. Él me miraba sin escucharme, tenía la cabeza apoyada en su almohada y los sentidos volando, vaya a saber por dónde. Cansada de hablarle al respaldo de la cama, mi conciencia se desvaneció. Imágenes del pasado trajeron al perro de mi infancia vivito y coleando.
Al día siguiente, concentrados en el biberón, los ojitos de Verde me hicieron romper la promesa. Volví a enamorarme de un perrito. Compartimos aquella primera noche en la piecita del fondo, así como el resto de los días que siguieron, él iba detrás de mí por donde yo anduviera. Al disfrutar de su compañía me di cuenta de lo sola que había estado antes. Mi marido trabajaba tanto que el poco tiempo que estaba en casa, dormía, o miraba televisión, sin ganas de mantener una charla con nadie. Él decía que lo hacía por nosotros.
Con los meses, Verde multiplicó su tamaño. Iba pegado a mi pierna cuando caminábamos por la calle. No permitía que nadie se me acercara demasiado, ni siquiera mi marido. Si él me levantaba la voz, Verde era capaz de reaccionar más allá que con sus feroces ladridos. A partir de la segunda vez, mi marido cuidó el tono. Si alguna vez se le olvidaba acompañaba las palabras siguientes con una forzada sonrisa dirigida mi perro de la guarda. Yo era tan feliz con Verde que quise devolverle un poco de lo mucho que me estaba dando. Pense que si nos mudábamos de esa casa en la capital a otra más grande en los suburbios Verde tendría más espacio para corretear. Esa misma mañana se lo propuse a mi marido, el dijo que esperara hasta la noche para charlar sobre el tema.


La caja de zapatos era una pobre presentación para tan buen regalo de cumpleaños, no tuve tiempo para buscar algo mejor. Mi mujer se especializa en presentar las cosas. Aunque no sean tan buenas ella las presenta como si fueran espléndidas, lazos, moños, papeles de colores y qué se yo cuánto más, pero ella está tan ocupada con la casa que no quise pedirle nada. Yo me encargué de darle el gusto a mi hijo.

Es mejor así. Ella hubiera comprado un perro salchicha parecido al que tuvo en ese pueblito del interior donde creció. Para mi hijo el perro ideal es un ovejero alemán. Un animal entrenado para obedecer lo va a ejercitar desde chiquito a mandar. Saber dar órdenes es lo más importante en la vida, por eso me fue bien a mí. Mi mujer se apoderó del perro, ya había hecho lo mismo con mi hijo. Toma rehenes para tener poder, ella todavía no sabe que su destino está por cambiar. Me sacrifiqué trabajando de sol a sol para mi familia. Por suerte, llegó el momento de la cosecha y esta noche voy a festejar.

Aunque mi pierna apenas se mueve debajo de la mesa, Verde aprecia esa caricia en los alrededores del hocico, le resulta casi tan agradable como recoger pedacitos de carne asada de mis manos. El silencio de la mesa me da lugar para compartir con la mejor noticia en muchos años: me ascendieron y me trasladan al exterior. Nuestro próximo hogar será un departamento en Park Avenue, Manhattan. Al ser el traslado inminente, no dejo detalles sin tocar, ni siquiera los del lujoso edificio donde vamos a vivir, que no permiten perros. Que nadie se preocupe, eso tambien lo tengo resuelto. Dentro de dos días, a lo sumo, un colega va a pasar a buscar a Verde. Se lo regalé.

viernes, mayo 25, 2007

De vuelta

Mi alma deambuló por un sinfín de pueblos de provincias remotas hasta que, por fin, encontré el mío. La cirrosis terminó conmigo hace años, ya no se cuántos. Pude haber sido feliz, pero no lo fui y lo que es peor tampoco dejé que los demás lo fueran.

No bien conocí a mi mujer nos enamoramos; las pupilas de ella se dilataban mientras se posaban sobre las mías. ¿Y yo? Cuando miraba la profundidad de sus ojos celestes me deshacía por dentro. ¿Cómo no devolver tanto amor con la misma moneda? No arruiné todo yo solo, fue mi vicio. Volvía a la madrugada, tambaleando; mi cuerpo se inclinaba hacia un costado y hacia el otro. No me caía, pero tiraba al piso de cerámica los objetos que mi ropa rozaba. Noche tras noche, mi error de cálculo se empecinaba con un enorme plato de bronce, involuntario despertador. Me acostumbré al estrépito, mi mujer siempre se sobresaltaba como la primera vez. Cuando aparecía en el living yo admiraba su figura a través del translúcido camisón. Lejos de cualquier reproche, su voz me calmaba. Aunque le daba repulsión la mezcla de olores fermentados, ella me limpiaba como a un chico y me llevaba a la cama. Si no hubiera sido por su madre, yo habría muerto en los brazos de mi mujer. Feliz. Mi suegra le llenó la cabeza con cosas raras, mi esposa y yo terminamos separándonos. Volví a la casa de mi madre, ella me había anticipado la actitud de mi suegra. Como siempre mamá tuvo razón.

Apreté dos veces el timbre y, antes de que alguien abriera la puerta, la atravesé como un fantasma. Vi la cabellera rubia de mi mujer, desde atrás, mientras ella apoyaba un ojo en la mirilla. Al comprobar que afuera no había nadie, ella fue al baño a lavarse los dientes. El camisón translúcido de siempre dejaba ver las sensuales curvas. Ella volvió a la cama, yo me acostee a su lado, frente a frente fui feliz. No me importó que ella no sintiera mis caricias. Ella mantenía abiertos los enormes ojos celestes, alumbraban mi cara en la espesa oscuridad del cuarto. No dormía, como los fantasmas. Un ruido no la inmutó, como a los fantasmas. Sonrió con un gesto que me pareció conocido. Sí, era el que me regalaba cada vez que nos veíamos. Sólo que esta vez no fue para mí. Un hombre entró al dormitorio. El beso me resultó conocido, igual al que ella me daba cuando estaba enamorada de mí. Aquel extraño se acostó en mi cama, de un salto llegué al living. El departamento era tan chico que se oía todo. Los gemidos de mi mujer me volvían loco. Tapándome las orejas, di vueltas sin saber qué hacer. Aunque estaba sobrio, como un buen fantasma, mi torpeza tiró el enorme plato de bronce; el estrépito fue mayúsculo. Los gemidos de mi esposa se interrumpieron; me parecio que ella pronunció mi nombre con un signo de interrogación. En lugar de decir presente, atravesé la puerta para salir como había entrado. Esa noche duró más que todos los años que había deambulado.
La luz del día me recordó adónde había ido después de la separación.
Estaba por apretar el timbre cuando con movimiento instintivo me palpé los costados de la cintura en busca del llavero. Atravesé la puerta como si fuera de humo. Fui directo a mi cuarto. En los estantes donde yo tenía películas y juegos había libros de medicina.
En la cocina, mi madre, con el rostro más ajado, le servía café y una tostada con “mi” mermelada, a un joven, quizás estudiante de medicina. El pensionista estudiaba la carrera que mi madre había elegido, en vano, para mí. Ella untaba “mí” mermelada sobre otra tostada y le contaba que mi padre había padecido la misma enfermedad que yo, “¿Es hereditario?”, remató y encajó la tostada en la mano del futuro doctor.
Esas palabras me cayeron como los gemidos de mi mujer. Corrí hasta la que había sido mi habitación y tiré al piso los libros más pesados. Mi madre, seguida del pensionista, llegó al minuto, a pesar de que caminaba vacilando sobre un bastón:
- ¡Ni que el vago de mi hijo estuviera escuchándonos! - mi mamá levantó el bastón amenazante y apuntó justo hacia el rincón donde yo estaba parado. Mi madre sabía tener pálpitos, seguro se habrá enterado de que me fui corriendo para no volver más.

Pasé el resto del día en un banco de la plaza, rodeado de la iglesia, la municipalidad y de mucha gente conocida que pasaba al lado mío. No me animé a seguir a nadie, aunque ganas no me faltaron. En menos de un día mi pueblo me enseñó cuanto iba a sufrir si quería volver a mis viejos afectos. Si yo molestaba, lo mejor era tomar otra dirección. Estaba decidido: iría a lo mi suegra.

Apreté dos veces el timbre y, antes de que alguien abriera la puerta, supe que me iba a quedar. Heredé esos palpitos de mi madre.

¿Quién fue?

La primera vez que se vieron fue el día que él empezó a trabajar en el aserradero. Ella posó la mirada sobre los anchos hombros del recién llegado. Él bajó los parpados; se concentró en los troncos que estaba acomodando. Ya le habían advertido que esa hermosa mujer era hija del dueño y estaba casada con el encargado del obraje. La esposa del nuevo obrero había quedado río arriba; esperaba el primer sueldo para saldar deudas y poder reunirse con el marido.

La hija del dueño visitaba el galpón todos los días; el resto de las mujeres también lo hacían pero con las viandas para sus maridos. El nuevo trabajador rehuía de las manifiestas miradas de esa mujer, pero cuando ella se daba vuelta, el rostro del obrero nuevo se deslumbraba con aquella curvilínea silueta, sus compañeros se daban cuenta.
Un día, al finalizar la jornada de trabajo, cuando todos ya se habían ido a sus casas para descansar, el nuevo operario llegó con la barcaza cargada de troncos. Ató la soga a la baranda que rodeaba esa parte del río y bajó las maderas con la silenciosa parsimonia que le proponía el galpón despoblado. Acomodó los últimos troncos, el primero de la pila perdió el equilibrio; cayó al suelo y rodó hasta la penumbra del portón. Lo levantó la hija del patrón, acababa de entrar. Las manos de ella y los brazos de él se liberaron de los troncos se abrazaron por puro instinto. El beso fue inevitable como el cierre del portón y las caricias a los cuerpos rápidamente desnudos sobre una parva de aserrín.
Pasaron los meses; él se había hecho la costumbre de trabajar hasta tarde. A la hora del crepúsculo él llegaba de su último viaje; solo, en el aserradero ordenaba la estiba. En esos momentos llegaba la hija del dueño. A ella no le importaba nada. Ni siquiera cuando se cruzaba con algunos obreros rezagados que se quedaban mirándola mientras cerraba el portón.

Una tarde de la mitad del invierno, el sol se ocultó más temprano. El no había regresado aún. Ella lo esperó, en vano, hasta que la oscuridad, el frío y la obligación de estar con su marido la hicieron volver a su casa.

A la mañana siguiente, unas maderas de la barcaza brotaron del quieto río invernal. Ese trozo de quilla exhibió, ante la mirada más ingenua, la impunidad del autor del daño. La perfecta geometría de un serrucho no impidió que la policía decretase un accidente. El cuerpo que escupió el río desoló únicamente a la hija del patrón. Ella pensó en su marido, pensó en su padre y hasta pensó en la esposa de aquel pobre hombre. Desde entonces la hija del dueño va todas las tardes a recostarse en esa baranda, como si le agradara contemplar el río.

.

Yo, revólver

Una mujer teñida de rubio levantó la tapa de la caja azul en la que estuve encerrado. Hacía rato que había perdido la cuenta del tiempo. La luz de los numerosos tubos del negocio y un brusco bamboleo me dieron vértigo. La mano pequeña de la mujer me tomó por la empuñadura revestida en madera y me sacudió con tal fuerza que el tambor salió hacia un costado. Los nueve orificios del cilindro tentaron a la dama; extendió la palma hacia arriba pidiendo municiones para tapar esos agujeros.
El vendedor -anteojos y unos pocos pelos blancos a los costados le daban aire de experto-, cargó ocho balas, con precisión y velocidad. La novena munición la dejó para que la mujer la colocara. Ella lo hizo con mano temblorosa. El hombre, versado en armas y en clientes, puso su mano encima de la de la señora para volver el tambor a mi interior. Me sentí opíparo después del banquete; el vendedor me puso otra vez en la caja azul. Dormí una siesta.
Desperté sobre una mesa de cocina, blanca. El comedor diario, también blanco, el techo era una lucarna, franqueaba el paso del sol. El enorme ventanal vidriado separaba aquel ambiente del jardín. Sentí alivio cuando la mujer tiró a la basura la caja de cartón azul con su interior de telgopor, me había servido de colchón. Si le hubiera podido explicar a mi dueña que era claustrofóbico no me habría creído, aunque era la verdad. Ella se estiró, en punta de pies, con las dos manos me acomodó en el estante más alto de la cocina.

Un sábado por la tarde, el marido y los chicos se fueron a la peluquería. La mujer aprovechó para leer recostada en su dormitorio, en la planta alta. Oyó un ruido en el jardín; saltó de la cama; dejó caer el libro al suelo. Bajó las escaleras y vio a dos hombres con barba de varios días y pelo oscuro, aceitoso, caminaban lentamente por el jardín hacia el enorme ventanal vidriado. Uno era flaco y alto; el otro, petiso y gordo. La mujer, sin dejar de mirarlos, dio unos pasos hacia atrás hasta que su espalda tropezó con el armario donde yo la estaba esperando. Con manos temblorosas ella me sacó del estante más alto y me sacudió para confirmar que estaba cargado. Por un segundo ella miró a los hombres que seguían acercándose. Después me miró a mí, para retirar el pestillo que sujeta el percutor y el seguro que traba el gatillo. Liberado mi cañón, ella apuntó a los hombres, ya habían alcanzado el ventanal vidriado. Mi gatillo se mantenía quieto, aún con el temblequeo del dedo inexperto. Oí como se aclaraba la respiración de mi dueña y la de los dos amenazadores muchachos del otro lado del ventanal vidriado. Oí también lo que se decían entre ellos:
- Tranquilo, tranquilo - obligó el más bajo. El muchacho no podía apartar la mirada del arma que lo apuntaba. Tampoco podía hablar.

Desde que soy un revólver sé que nosotros no fuimos hechos para quien no está dispuesto a matar. Por fortuna los ladrones no estaban armados, si lo hubieran estado no habrían titubeado en disparar como dudó mi inoportuna dueña. Se fueron por donde vinieron, impunemente. Con la misma parsimonia con la que habían irrumpido en el jardín, en pleno día. Manos tiritando me depositaron en el estante más alto de la cocina. Quise gritar para avisar que estaba sin los seguros, soy un revólver: lo único que oyen de mí son los disparos.
La puerta del armario quedó mal cerrada; el marido y los chicos volvieron de la peluquería.
La mujer llevó a su esposo al fondo del jardín para mostrarle la pared por donde habían saltado los ladrones; el menor de los chicos arrimó un banco al armario y se subió para alcanzar el estante más alto. Sin que le temblaran las manos me tomó por la culata.

jueves, mayo 25, 2006

El Mundial

Una mujer miraba por la ventana de la cocina cuando de pronto aparecieron en el jardín los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. El primero empezando desde la ventana de la cocina montaba un caballo azabache como la bata que vestía. El segundo tenía una túnica sin mangas bordada en oro y cabalgaba un delfín gordo. El tercero tenía una barba negra, cuadrada y respetable, iba sentado ostentosamente en una silla atada con correas a la joroba de un dromedario. El cuarto, aceleró los latidos de la mujer, montaba una moto negra y plateada, sus brillos contrastaban como las tachas metálicas en su campera. Sus largos cabellos rubios y lacios flotaban a sus espaldas. Ella dejó de lavar la olla que tenía en la mano, corrió al living mientras se fregaba las manos mojadas en un repasador a cuadros. Alarmada, le contó al marido que habían vuelto las alucinaciones, esas que la atacaban junto con el aburrimiento. Nunca salía de la casa, salvo para hacer las compras en el supermercado. Él, como siempre, asentía con la cabeza pero en esta época de Mundial se preocupaba de que los ojos se mantuvieran a la altura del televisor. En ese momento la pantalla mostraba un primer de la pelota que era disputada por los pies de dos países archirivales.
Pasaron los días de la semana y con ellos una docena de partidos, el hombre no se perdió ninguno. Una noche, ella estaba preparando un sándwich para que su marido no tuviera que levantarse del sillón en medio de algún partido cuando por la ventana de la cocina volvió a ver el brillo de la moto y del rubio jinete que le sonreía. Mientras le alcanzaba al el sándwich al marido contuvo las palabras sobre la última visión que ya no era apocalíptica, el jinete rubio la hacía temblar por dentro, pero no de miedo.
La visión volvió a la mañana siguiente mientras el marido estaba trabajando, la moto se detuvo en el jardín y los ojos celestes del rubio se posaron sobre la ventana de la cocina con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo. Ella se dio cuenta de la inutilidad de plantearse cualquier conducta adulta, abrió la puerta del fondo de la casa y caminó decidida y rápidamente por el césped hacia la moto. Una mano enguantada en cuero negro la invitó a subir al asiento de atrás. El motor rugió llevándose una sonrisa que la mujer había olvidado desde hacía años.
Ese día el marido salió del trabajo muy temprano, jugaba la Selección Nacional. Un par de encuentros posteriores entre países extravagantes lo mantuvieron despierto hasta tarde inmóvil frente al televisor. La mujer entró por la puerta de atrás y atravesó la cocina; el espejo del pasillo le mostró que todavía no se le había borrado la sonrisa de un día maravilloso. Al llegar al living pensó que no había mejor defensa que un buen ataque: Recriminó al marido por no haber notado su ausencia. Él pensó en pasar a la ofensiva reprochándole la inusual sonrisa, pero contuvo los argumentos. Era un experto en contenerse, se había acostumbrado a aguantárselas en el trabajo donde tenía una jefa sádica que estaba a punto de jubilarse y que sería reemplazada por una más joven y más cruel todavía. Aunque él estaba harto, en su casa no podía decir nada, las únicas frustraciones que contaban eran las de su mujer. El hombre calló y el silencio motivó a la mujer a seguir provocándolo.
Ella le enrostró que al principio eran solo los partidos de la Selección los que a él importaban, pero al ser eliminada por penales se puso a ver todos los partidos que se televisaban: cuartos de final, semifinal, final. A esa altura de los reproches, el marido fue hasta el la mesa donde estaba el fixture con la programación de todos los partidos del Mundial, pasó las páginas hasta la quinta fecha, la froto como si se tratara del quinto sello: el de la venganza. Inmediatamente, en el jardín apareció un caballo montado por una amazona devota de la diosa Artemisa. Ni en su rostro ni su postura se notaba el cansancio de haber recorrido los tres milenios que la separaban de la Antigua Grecia. La bella mujer se mostraba disponible para cumplir con cualquier deseo del hombre como si fuese el genio de Aladín recien salido de la lámpara. El hombre apagó el televisor y atravesó el jardín iluminado por la luz de la luna llena. La amazona corrió de su espalda el arco y las flechas para hacer un lugar en su montura. Ella le explica que su tribu compuesta solamente por mujeres lo había elegido para que las fecundara. Un trabajo que le llevaria cuatro años. Él le susurró algo al oido, una propuesta que ella asintió. Despues de terminar con la tribu lo llevaría a Sudafrica, a tiempr para ver el proximo Mundial.

miércoles, marzo 01, 2006

El mono

Un hombre llevó un mono a una fiesta, y porque era un poco más sabio que el animal, se hinchó de vanidad y se consideró más sabio que siete hombres tan opulentos, frívolos y petulantes como él. Los hombres estaban sentados a la cabecera de la mesa principal. El más viejo de los siete hizo una seña desdeñosa con su dedo índice para que el hombre,
que venía con el mono, se acercara. Teniéndolo cerca, el viejo le preguntó por qué había venido a semejante gala acompañado de un animal. El hombre respondió orgulloso que esa criatura no era un animal corriente, sino un mono. Luego agregó que los hombres descienden de los monos, pero los superaron. Por lo tanto que, el poder llevar uno con una correa afirmaba esa supremacía. Como para afirmar sus elucubraciones ordenó al mono que se sentara. El mono obedeció inmediatamente. Lo mismo ante la orden para que se parara. Uno de los siete hombres preguntó qué otra habilidad podía exhibir la bestia para enaltecer la hegemonía de su amo. El mono, ante una orden, comenzó a silbar un fragmento de la Novena. Sinfonía de Beethoven. Al finalizar, el hombre aplaudió y así lo hicieron, también, los siete hombres que se pusieron de pie. El más viejo dijo:
- Debiéramos rebautizar a este mono con el nombre de Beethoven –
Los ocho hombres se sorprendieron cuando el mono hizo oír su propia voz.
- No, ese era sordo de verdad. Yo solamente me hago el mudo.

sábado, febrero 04, 2006

Tango

Al llegar a este país sabía que sin un greencard no iba a conseguir trabajo. Convenía hacer algo por mi cuenta, que valiera una visa. Necesitaba un crédito. En el Bank of América me cerraron la puerta en la cara, como una docena de otros bancos adonde fui. Ya empezaba a creer que mi idea era descabellada cuando conocí a José Agüero. Él era gerente de un banco “especializado en la playa” según sus propias palabras.
- Ustedes los argentinos son un pueblo culto - José Agüero mostró de manera elegante que había reconocido mi acento, mientras me ofrecía una silla frente a su escritorio. Cuando me tratan mal titubeo, pero si de entrada me atienden bien me siento seguro, las palabras salen calmas de mi boca y suenan más creíbles. Festejé moviendo la cabeza y con una sonrisa, mientras abría la carpeta para explicar el proyecto. Con convicción.

José era un cubano educado, sabía escuchar. No interrumpía con sus dudas. Las guardaba para un momento oportuno, como cuando hice una primera pausa en mi entusiasmo.
- Es un buen proyecto - aseguró José Agüero sacándose los anteojos que había usado para ver los números - Lo que pides en relación a lo que tienes está bien - su dedo índice golpeteó sobre una de las cifras de la planilla, y concluyó: - El problema está en lo que tienes.
- ¿Cómo? ¿Si lo que tengo es garantía suficiente, cuál es el problema? - pregunté alzando los hombros.
- Aquí viene mucha gente de Sudamérica - José se pasó la mano por una mejilla, haciendo una pausa antes de seguir - Tú tienes que mostrar el origen del dinero que traes, obviamente no aceptamos efectivo.
- El único efectivo que tengo es para cubrir gastos. Lo que figura aquí - señalé una de las hojas esparcidas sobre el escritorio - fue transferido de banco a banco.
- Entonces tú no tienes de qué preocuparte, sigue adelante con el papeleo y ya - dijo José Agüero para motivarme mientras ayudaba a colocar en mi carpeta los papeles desparramados.
- ¿Perdón, le gusta Lezama Lima? Pregunté señalando un libro que había quedado al descubierto al ordenar el papelerío. En la tapa se leía el título: “Paradiso”
- Sí, claro. Es el mejor. ¿Conoces escritores cubanos? - preguntó mientras tomaba la novela para guardarla en el portafolios de cuero marrón que levantó del piso.
- Conozco algunos - respondí y a boca de jarro detallé: - Alejo Carpentier, José Martí, Nicolás Guillén. De Guillén tuve que estudiar de memoria algunas poesías en la escuela - En mi cabeza resonó: “¡Yambambó, yambambé! / Repica el congo solongo, / repica el negro bien negro; / congo solongo del Songo / baila yambó sobre un pie”. Pero, por las dudas, no dije nada.
- Ustedes los argentinos son un pueblo culto - Afirmó José Agüero mientras cerraba su portafolios. Levantó la vista y entornando los ojos preguntó - ¿No te lo había dicho?

Meses más tarde, no quedaban temas de negocios pendientes, pero sí muchos otros. En nuestras conversaciones era raro que el no evocara Manzanillo. Ese era el lugar donde había nacido y que ya no existía más por lo menos de la manera que él lo recordaba. Nos habíamos hecho amigos. Un día me invitó a comer a su casa.
- Para que conozcas a mi familia - dijo con un tono de voz que demostraba su orgullo.

Alicia, la esposa de José, fue quien abrió la puerta con una sonrisa de bienvenida enmarcada por su cabello entrecano cortado a la garzón. Ya sabía que era doctora en matemáticas. Se la percibía estricta y amable a la vez, pero sobre todo eficaz. Con una sola mirada lograba que su hija veinteañera sirviera la mesa. A la chica la reconocí de una foto de la oficina donde José exhibe con orgullo a sus dos bellas hijas. Personalmente, los cabellos castaños y los rasgos angulosos lucían aún mejor en su bello rostro.
- A mi otra hija le sigue yendo muy bien en New York - contó José con gesto inmodesto. No habría conocido del todo a José si no hubiera visto el patio del fondo de su casa, donde acostumbraba a leer. Las plantas rodeaban a un par de sillones en el centro de aquel patio techado de virio como un jardín de invierno. Afuera, una silvestre vegetación envolvía a un delgadísimo arroyo que corría al alcance de la mano. El ruido de agua atrajo mi atención hacia un extremo del patio donde había una pequeña cascada. La paz para la buena lectura.

Pasaron los años, José y yo nos seguimos reuniendo, hablábamos muy poco de negocios pero mucho de cine y de libros. Después de la última vez que nos vimos en su oficina, me acompañó por el pasillo, como siempre lo hacía. Mientras tocaba el botón del ascensor me contó sus planes para ese fin de semana.
- Este sábado unos amigos míos y yo iremos a un espectáculo de tango - contó José frotándose las manos como quien prevé un gran festín - Tanto en el escenario como en la platea, todos seremos cubanos - se abrieron las puertas del ascensor que venía con una de las secretarias de Presidencia. José trabó la puerta con el pie. Después de cruzar saludos con la mujer, siguió hablando.- Se me acaba de ocurrir algo. Tú vienes de la tierra del tango, sería bueno que nos acompañaras.
- Sí, claro - le contesté demasiado rápido, preocupado por la puerta que se bamboleaba amenazando cerrarse sobre el zapato negro charolado de Luis. Con urgencia le pregunté:
- ¿Cuándo? ¿Dónde?
- El viernes a las 8 - alcanzó a decir mientras soltaba la puerta a punto de irritarse del todo - en el Teatro Tower - la voz atravesó el metal produciendo desconcierto en mi cara. No tenía idea de la existencia de ese lugar, menos de su ubicación. El trayecto a planta baja le alcanzó a mi compañera de viaje para explicármelo todo.
- El Teatro Tower está en el corazón de Little Habana - dijo la mujer tocándose la batida cabellera teñida de rubia - en la calle 8 a mitad de cuadra entre las calles 17 y 18. Ninguna pausa interrumpía la explicación fluida de la mujer. Ni siquiera cuando miraba los números que al iluminarse marcaban la marcha de nuestro descenso. Al ver los pisos que faltaban se daba cuenta de que le alcanzaba el tiempo para contar algo del lugar más cubano de Miami.
- La calle 8 cambió de nombre. El año pasado, le pusieron Celia Cruz cuando murió la cantante cubana conocida como la Reina de la Salsa. La calle está a nueve cuadras de acá - alzó su brazo en dirección a la puerta del ascensor que se abrió en al hall interrumpiendo tanta amabilidad.

En el teatro me senté a la derecha de Luis, del otro lado estaban sus dos amigos. El parloteo previo a la función era tan dramatizado como todo lo que hacen los cubanos. Se levantaban de sus butacas y cruzaban la platea de un extremo a otro para saludar a un conocido.
Cuando la luz se fue apagando todos se apuraron para volver a sus lugares. La oscuridad total fue interrumpida por una luz que iluminaba a una delgadísima mujer de rodete negro castaño que vestía una blusa negra y una pollera anaranjada. Imaginé que sería la cubana que cantaba tangos, idea que quedó disipada cuando de la nada apareció al guapo el galán. Él era un morocho engominado de pantalones negros y camisa anaranjada que la tomó de la cintura para componer un cuadro a dos colores. Un viejo con un acordeón a piano apareció en escena. Era toda la orquesta con la que contaban los bailarines Hubiera preferido un bandoneón. Al final de un largo trajinar que llevó a la pareja de una punta a la otra del escenario, la mujer quedó suspendida en el aire apenas sostenida por una mano del hombre. Eran buenos bailarines de tango, aunque mostraron más las dotes de acróbatas. A José no pareció importarle. Sus manos no pudieron esperar el minuto que faltaba para el final del número. Se lanzaron a un sonoro aplauso. La cara complacida no detectó que lo espiaba. Su atención había sido tomada por los bailarines saludando.
Las luces se volvieron a apagar para encenderse únicamente cuando apareció en el medio del escenario una mujer joven, un poco rellenita. Sobre la ropa negra llevaba un impermeable dorado que reflejaba la luz del foco que la perseguía por el escenario. Una gorra del mismo color brillante le cubría el cabello y la frente. Esta sí era la cubana que cantaba:

Madreselvas en flor / que me vieron nacer / y en la vieja pared / sorprendieron mi amor /
Tu humilde caricia / es como el cariño / primero y querido / que siento por él.

A esta altura de la melodía José dobló su cuello buscando mi adhesión. Era imposible no coincidir. La cubana de la voz privilegiada, que ya me estaba empezando a parecer no tan gordita, extinguió los incipientes aplausos enganchando los versos que tenía preparados:

Corrientes tres cuatro ocho / segundo piso, ascensor /
no hay portero ni vecinos / adentro, cóctel y amor.

Adelanté mi cabeza un poco, lo suficiente para observar los labios de José moverse.
Pisito que puso Maple / piano, estera y velador / un telefón, que contesta / una fonola que llora / viejos tangos de mi flor / y un gato de porcelana / pa que no maulle al amor.
Como José sabía la letra de memoria, seguramente me preguntaría si conocía el departamento de Corrientes 348. ¿Cómo le iba a explicar que aquel edificio fue demolido y en su lugar había un estacionamiento con una placa recordatoria del famoso bulín? Mis elucubraciones fueron interrumpidas por los bailarines que volvieron con el viejo del acordeón a piano y una milonga. Después el teatro quedó a oscuras. La vuelta de la luz nos sorprendió con una pantalla gigante que ocupaba todo el escenario. Desde ahí, Libertad Lamarque cantaba a dúo con la cubana que acababa de aparecer al pie de la imagen.

¡Déjame, no quiero que me beses! / Por tu culpa estoy sufriendo / la tortura de mis penas...
¡Déjame, no quiero que me toques! / Me lastiman esas manos / me lastiman y me queman

Esta vez eran los amigos de José los que acompañaban al dúo del escenario, no solo moviendo los labios. Ellos habían emigrado de Cuba a Méjico, donde Libertad Lamarque era una gran estrella. Todos estábamos lejos de donde habíamos nacido. Como si la cubana tanguera lo supiera, enganchó con esta melodía.

¡Adiós, pampa mía! / Me voy... Me voy a tierras extrañas. / Adiós, caminos que he recorrido,
ríos, montes y cañadas / tapera donde he nacido / Si no volvemos a vernos /
tierra querida, quiero que sepas / que al irme dejo la vida. / ¡Adiós!

No me animé a curiosear otra vez, pero me imaginaba a José con los ojos inundados de nostalgia. Estaba seguro que él oía Manzanillo en lugar de Pampa.

Salsa

Fort Lauderdale es un lugar tranquilo, no solamente para los que llegan de lejos atraídos por las playas sino también para los que residimos aquí. En la época en que vivía en Buenos Aires me tocaba correr de un lado para otro. Nunca se me hubiera cruzado por la cabeza tomar lecciones de baile, pero aquí sí.

Cuando era joven, me tenían que empujar para que bailara. Así lo hicieron en una fiesta en la que todos se movían muy bien. Oía la música, pero no el ritmo. Mientras levantaba un pie apoyaba el peso del cuerpo en el otro. Cuando el pie que había levantado volvía al piso, hacía lo mismo con el otro. No miraba la cara de mi partenaire, un tanto por vergüenza y otro porque controlaba mis piernas. Ellas se flexionaban con una rigidez que endurecía las caderas y al resto del cuerpo de la cintura para arriba. Me sentía como uno de esos soldaditos de plástico con articulaciones nada más que en las rodillas. Esperé a que terminara la música, alcé la mirada por primera vez, estiré los labios hacia los costados como si ese gesto fuese un pedido de disculpas, pero ese movimiento había salido tan ridículo como los anteriores, en la pista. Me escapé para el lado de las mesas, caminando rápido sin levantar la mirada del piso, como cuando bailaba. Los tonos subidos de mis mejillas acusaron el papelón. Nunca más permití que me obligaran a bailar, era capaz de forcejear. Aquel bochorno todavía permanece en mi recuerdo. Me importó. De ahí en más resistí muy bien a las invitaciones más obstinadas. No me gustaba bailar, o por lo menos es lo que decía.

Hace dos meses, caminaba de noche por el boulevard, desde la playa hacia el centro, cuando de pronto me sorprendió un letrero con luces de neón, rojo y violeta. Era de un negocio que antes no estaba: un gimnasio. Espié por la vidriera, pero no pude ver nada. Estaba oscuro. Un cartel, sobre el cristal de la puerta, informaba el horario y otro ofrecía clases de salsa.

Días después, volví a pasar por ese lugar y de puro curioso, entré. Dos chicas, una rubia y otra morocha, conversaban detrás del mostrador. La rubia iluminó sus ojos celestes y armó una sonrisa de apuro para preguntar en qué me podía ayudar. Cuando le dije que quería averiguar sobre las clases de salsa en lugar de contestar se dio vuelta y miró a la morocha de cabellos largos. Ésta que era más joven y más linda que la rubia, y salió de atrás del mostrador.
- Soy la profesora de salsa, mi nombre es Maritza - dijo en castellano, prueba de que reconoció mi acento. No bien terminó de pronunciar su nombre extendió la mano para saludarme, mientras con la otra señalaba el ballroom. La seguí.
En el salón, nuestras figuras aparecieron reflejadas en un enorme espejo que me ayudó a contemplar lo que más sobresalía en aquel lugar: el culo de la profesora. Parecía Jennifer López en “¿Bailamos?”. Mientras Maritza caminaba lentamente por el salón y hablaba sobre las bondades de la salsa, sus ojos negros y chiquitos se movían con avidez de un lado a otro como preguntando: ¿Bailamos? Jennifer López y Maritza tenían otras cosas en común además del trasero. Las dos estaban dispuestas a enseñar a bailar salsa a pataduras como Richard Gere o yo. Del salón volvimos al mostrador, sin pensarlo le hice a Maritza lo mismo que Richard Gere a Jennifer López: un cheque.

La primera clase reunió a una docena de alumnos alrededor de Maritza, quien se presentó con su nombre y su apodo: Boricua, como los indios de Puerto Rico. Con el tono de una maestra dijo que divertirse era una condición para aprender a bailar. Algo que fue festejado por la mujer que estaba a mi derecha, y también por la de mi izquierda. Eran mayoría, como en todos los cursos adonde había ido.

A simple vista resultaba más fácil adivinar lo patadura que podía llegar a ser un hombre que la edad de esas mujeres.
Maritza pidió a los varones que formáramos una hilera y a las mujeres otra, enfrentada. A nosotros nos dijo que arrancáramos con el pie izquierdo, a ellas con el derecho. Así enfrentados nos enseñó los pasos básicos. ¡Uno! Los hombres teníamos que adelantar el pie izquierdo. ¡Dos! Taconear con el pie derecho. ¡Tres! Volver el pie izquierdo a su lugar. Enfrente, las mujeres hacían lo mismo pero con el otro pie. Mi mente gritó en silencio -¡Lo encontré!- como Arquímedes desnudo por la calle gritando ¡Eureka!

Acababa de darme cuenta que la simetría de los movimientos evitaba los pisotones de una pareja - me reí solo - y yo que pensaba que era por un talento innato. Me entusiasmé, por primera vez creí de verdad que se puede aprender a bailar. Feliz, me concentré en esa posibilidad y en vigilar a mis pies para que siguieran el ritmo que marcaba la profesora: ¡One! Two! ¡Three! ¡One! ¡Two! ¡Three! De pronto una mano con firmeza subió mi mentón. Maritza se había acercado para levantar mi vista del piso, sin dejar de marcar el compás. ¡Up! ¡One! ¡Two! ¡Three! ¡Up! Hablaba para todos pero en cada ¡Up! sus ojos chiquitos y bailarines me miraban a mí y suavizaban la orden ayudados por una sonrisa. Al alzar la cabeza, mis ojos se posaron en la cara de la dueña de unas piernas largas y flacas, apenas cubiertas por una insignificante minifalda. De su pálido rostro asomaban unos labios que habían sido tan abultados tanto que ni en una negra hubieran pasado por naturales. A la nariz se la habían dejado demasiado chiquita y a los pómulos exageradamente sobresalidos. Cuando la vi de perfil me di cuenta que la boca sobresalía a la nariz. De tantos estiramientos los ojos le habían quedado rasgados. Sin embargo, bailaba y sonreía, orgullosa.

En la clase siguiente empezamos otra vez con los pasos básicos: -¡One! ¡Two! ¡Three! - Después de hacer un millón de veces lo mismo, nos mostraron tres pasos más. Iguales, pero para atrás. Si alguien nos hubiera espiado desde la calle apostaría a que estábamos haciendo gimnasia. El cartel de neón reforzaría el error. Algunos matizaban los movimientos básicos con el vaivén de las caderas. La profesora cambió el conteo por un sermón:
- Ya van a tener tiempo para mostrar la gracia con que mueven sus cuerpos. Si aprenden a controlar los pies, el resto viene solo. - Con tono más serio agregó: – No se puede aprender si uno cree que sabe.

- Al final de la clase, la profesora hizo formar un círculo y pidió que cada uno dijera qué había aprendido ese día. Cuando me tocó el turno, dije que los pasos básicos que tantas veces nos hacían repetir eran como los palotes con los que nos habían enseñado a escribir.

En otra clase, después de practicar los pasos básicos hasta la transpiración, Maritza largó la música y pidió a los hombres que nos quedáramos en nuestros lugares. Las mujeres cambiarían de pareja cada vez que ella lo dijera. Coloqué la mano derecha a la altura del omóplato de la mujer. Nos habían dicho que tenía que ser exactamente en ese lugar, funcionaba como un timón. Con una leve presión ellas se darían cuenta que venía el giro. Mi mano izquierda alzada recibía la derecha de mi eventual compañera, como en el vals. La primera que me tocó en suerte no esperaba a que yo diera mi primer paso. Otra, tenía los pasos más largos que los míos. Una me miraba como si yo fuera transparente. Otra, después de cada giro, me mostraba los labios comprimidos como si me lanzaran un beso rojo. Entre tanto le sonreía, mis dedos tocaban los huesos de la espalda que no era fofa como la de las gordas.
Los ojos de esa mujer decían que había sido muy linda de joven.
Seguimos arrancando con los pasos básicos durante muchas clases, hasta que Maritza vio que los hacíamos como autómatas. Ese día nos hizo improvisar con el resto del cuerpo. Dijo que cambiáramos de tema, que nos fuéramos por las ramas y que las piernas eran la garantía de volver.
¡Qué bien se movían las mujeres! Agitaban los brazos en el aire disparatadamente, pero sin salirse de los pasos básicos. Al final, formamos otra vez un círculo para contar qué nos había pasado en la clase. Cuando fue mi turno halagué a las “chicas” por lo bien que se movían. Divagaban sin perder el hilo.

Fort Lauderdale City Hall

Estoy yendo a la Municipalidad de Fort Lauderdale para cambiar el status, o algo así, de mi casa. Ahora que conseguí una mejor visa que la que tenía, puedo pagar menos impuestos con solo hacer un trámite. Las visas son tema de conversación obligado en las fiestas de cumpleaños donde hay argentinos. Con una copa en la mano y una masita en la otra, alguien lanza una pregunta, que siempre es la misma: “Cómo andás de papeles?” Diversas respuestas invaden parte de lo que dura la fiesta. Qué ganas de ir a una en lugar de andar dando vueltas con este papelito en la mano! Consulto la dirección sin poder creer que en esta ciudad no existan las vistosas chapas esmaltadas que marcan la altura de las calles en Buenos Aires. Nunca me acostumbré a las indicaciones que dan los norteamericanos para llegar a un lugar: “Siga diez minutos hacia arriba y cuando vea una Texaco doble a la izquierda hasta que encuentre un Walgreens, es justo enfrente.” Esta será la primera potencia mundial, pero en materia de direcciones están subdesarrollados. Tengo que tragarme la última palabra que acabo de pronunciar por una puerta que aparece de pronto frente a mí. Miro hacia arriba y veo que es la entrada de un edifico imponente. No tiene ninguna ventana. Me pregunto por qué. “Debe ser por los vientos huracanados” contesto mientras giro para echarle una rápida ojeada a la torre de enfrente. El último huracán había dibujado un crucigrama en una de las caras del edifico. Veo las líneas de ventanales que permanecen con sus vidrios intactos, mientras que otros están provisoriamente cubiertos con maderas. Los huracanes son remolinos de agua caliente que se forman en los calidos veranos de la costa norte de África. Tardan tres meses en llegar a estas costas, como todos los años, puntualmente en Septiembre. A veces tienen efectos arrasadores. Los únicos realmente previsores son los que construyeron este edificio público sin ventanas. ¿Los que establecen las ordenanzas no habrán querido compartir el secreto? Si lo hubieran hecho no habría crucigramas gigantes por toda la ciudad. Entro al Hall de la Municipalidad donde me recibe un negro. Me pregunta para que vengo, y convierte al propósito de mi visita en un número de oficina autoadhesivo que coloca sobre mi camisa. Busco esa dependencia en la planta baja, camino a través de un lugar que se parece más a un túnel que a un pasillo. Las paredes están cubiertas, del piso al techo, con piedras Mar del Plata, que también se llaman piedras Jerusalém. Cada edificio de esa milenaria ciudad, antiguo o moderno, tiene su frente cubierto con estas piedras veteadas y amarillentas. El sol se refleja sobre estas superficies doradas y la ciudad se hace merecedora de su apodo: Jerusalém de Oro. Sigo mi camino hasta el final de pasillo con la asfixiante sensación de estar dentro de un bunker. Llego a la oficina con el mismo número que el papel autoadhesivo de mi camisa. Un empleado me pide que me registre en un papel con columnas ávidas de nombres, firmas y otra vez el propósito de la visita. Sin hacerme esperar ni un minuto, el funcionario me deriva a una señora que está al fondo de la oficina. La única, entre muchos empleados, que está libre. La saludo, y me siento al costado de esta mujer y su computadora. La falta de un escritorio pone en descubierto sus pantalones rojos rellenos con lo que se supone una pierna pero que abultan como si fueran tres. Trato de ser disimulado en mi puntillosa observación. De a poco me doy cuenta de lo obesa que es, no solamente en las piernas que son imperdonablemente gordas sino que tiene rollos cayéndose por donde se la mire. Oigo su voz que me habla en un inglés pastoso. Me pide mi nuevo documento de identidad, el que le alcanzo mirándola de frente. Con extrañeza descubro que ella no abre del todo sus ojos. No logro salir de mi asombro mientras ella comenta algo que no entiendo, sé que es algo del trámite que vine a hacer. Habla con los párpados caídos y aunque los ojos están casi cerrados alcanzo a ver parte de sus pupilas. Me distrae. No puedo dejar de preguntarme a quién me hacer acordar. Parece un pescado, un enorme pescado. No sé por qué, pero se me cruza una película de dibujos animados donde una bruja muy mala quiere separar a dos enamorados. Mientras la bruja de la Municipalidad me sigue hablando del trámite, yo la miro moviendo mi cabeza con un ritmo de aprobación. Pero, en realidad, no puedo dejar de verla como la gorda mala de la película cuyo nombre no me acuerdo. De pronto, una pareja que está sentada en el siguiente puesto de trabajo se pone de pie y comienza a despedirse de la empleada que los termina de atender. Todo en castellano. Al quedar sola se me hace más visible. Apuesto a que si esa chica pasó los veinte años, fue hace muy poco. Su juventud estalla en la boca carnosa y los ojos vivarachos. Sus cabellos renegridos y la tez oscura son los de una colectora de café de una publicidad que excitaba mi imaginación en la época en que todavía vivía lejos de mulatas, mestizas y del Mar Caribe. El silbido de un mar lejano o el viento suspirando por el cafetal no me dejan oír lo que me dice la bruja norteamericana. De pronto, la colectora de trámites en español se levanta de su silla. Se acerca a mí. Los pocos metros que nos separan le sobran para contonear sus redondeces: grandes pechos y caderas que emergen de una estrechísima cintura. No tengo dudas, ésta es la Sirenita y la otra es la bruja que la hostiga. La Sirenita viene a socorrerme del inglés viscoso de la rolliza hechicera. Con voz suave voz y en un límpido castellano con acento de las sierras colombianas dice que puede conseguir una rebaja retroactiva al inicio del trámite. Necesita la solicitud. Me toco los bolsillos y digo que no lo tengo, pero que la tengo en mi casa. Me sonríe. Le sonrío sin esfuerzo, y con gusto le digo: - Vuelvo mañana.

miércoles, noviembre 30, 2005

De visita

Silvia coloca suavemente un cigarrillo sobre sus labios mientras su marido le acerca la llama del encendedor. Tras aspirar una primera bocanada de humo, ella desliza una pregunta que emerge desgastada por repetida.
- ¿Deberíamos dejar de fumar, Eduardo, no te parece?
- Seguro, pero no vamos a arruinar nuestras vacaciones haciendo semejante esfuerzo. Mejor festejemos este lento atardecer con vista al mar - propone Eduardo mientras toma un cigarrillo del paquete de su mujer y lo prende con el encendedor que todavía no ha guardado.
Fumar es toda una ceremonia que se hace, las más de las veces, cuando hay algo para festejar o algo para ponerse nervioso - reflexiona Silvia mientras aleja el cigarrillo de su boca y sigue con la mirada el humo que se mezcla con el de su marido sobre mesa del bar.
- ¿Nervioso? No imagino quién puede ponerse nervioso en un paraíso como éste - ironiza Eduardo mientras redondea la boca para formar anillos de humo y, tras arrojarlos al aire, agrega - Disfrutemos de esta vista, el mar está tan tranquilo que lo único que es mueven son las olas. Además, acabamos de encontrarnos con Alejandro, al que no veíamos desde hace mucho tiempo.
- ¡Eduardo, Eduardo! - irrumpe Alejandro agitando una mano - La grúa está llevándose tu auto.
- Aquí en la playa, ¿también está la grúa?- pregunta Eduardo mientras se levanta de la silla y se dirige a las escaleras.
- Sí, y las multas son mucho más caras que en Buenos Aires.
Silvia y Alejandro cruzan miradas beligerantes, pero guardan silencio hasta que la cabeza de Eduardo termina de desvanecerse tras la pared que cubre las escaleras. Alejandro se sienta en la silla donde ha estado Eduardo. Silvia lo frena frunciendo el ceño y cargando con sarcasmo sus palabras:
- ¿Te invité a sentarte? Esa es la silla de Eduardo, en todo caso sentate en la otra.
- ¿Qué pasa? ¿Acaso, creés que fui yo quien llamó a la grúa? - responde él con otra pregunta que aumenta el nivel de sarcasmo en la atmósfera mientras se sienta en una silla que no era la de Eduardo.
- ¿No? A vos te creo capaz de todo - dijo la voz de Silvia temblando de bronca igual que su pulso, mientras saca un cigarrillo del paquete y lo enciende con la colilla del que se está por terminar.
- No, no fui yo - se defiende Alejandro en voz alta, la misma con la que agrega: - Porque no se me ocurrió. Pero lo hubiera hecho encantado, con tal de quedarme un minuto a solas con vos.
- La última vez que estuvimos a solas te diste vuelta y no te vi más - reprocha Silvia.
- Vos me pediste que me diera vuelta - protesta Alejandro
- Porque a vos se te había ocurrido venir a vivir a Fort Lauderdale mientras yo me quedaba sola. - Recrimina Silvia tratando de encender un cigarrillo, pero al darse cuenta que tiene otro encendido lo vuelve a poner en el paquete.
- Con tu marido - dice Alejandro señalando la silla vacía que Eduardo ha dejado al bajar de la terraza con la urgencia de quien acostumbra a dejar mal estacionado su auto.
- Nunca me pediste casamiento -
- Y como castigo no contestás mis mails y de pronto te aparecés por acá, pero con tu marido.
- No fue mi idea. Él quiso venir a visitarte – ahora es ella quien señala a la silla vacía con la vehemencia de quien quiere descargar una culpa que cree no tener.
- Yo trabajaba con vos, no con él - esgrime Alejandro en su defensa.
- Sí, pero vos fuiste tan sociable que te creyó su amigo - vuelve a atacar Silvia parodiándolo. Mueve la cabeza al estilo que lo hace Alejandro.
- Lo habré hecho para aliviar la culpa que sentía, - susurra Alejandro- no quería que se enterara de lo nuestro.
- Entonces, cambiá de tema porque ahí viene.

Odio subterráneo

El vagón del subterráneo, colmado de pasajeros, avanzaba ruidosamente hacia el centro de la ciudad. Muchos de ellos comenzaban a agolparse para descender en la próxima estación: Carlos Pellegrini. Al abrirse las puertas se bajaron todos, menos dos. Uno era un adolescente de campera negra y pelo cortado al ras. El otro, de aproximadamente la misma edad, viajaba sentado en el extremo opuesto del vagón. Vestía un traje negro, camisa blanca y un amplio sombrero que no alcanzaba a cubrir los rulos de cabellos oscuros que se enrollaban detrás de las orejas. El chico de campera negra se levantó de su asiento sonriendo, como si festejara la intimidad que lo vinculaba al otro pasajero. Mantuvo esa mueca de regocijo mientras cruzaba el vagón en busca de su único compañero de viaje. Éste, viendo que se aproximaba, abrió el libro que llevaba bajo el brazo e hizo como si lo leyera con un explícito propósito de ignorar el entorno. Sobre el libro apareció un dedo que no era el suyo y que le interrumpía la lectura.
-¿Ésto es ruso como vos? - preguntó el provocador sin dejar de sonreír burlonamente.
- No, es hebreo - respondió con voz dócil el chico de sombrero, mientras cerraba el libro suavemente como para darle tiempo al dedo usurpador a que se retirara. Tomó el caftán negro que reposaba plegado sobre su falda y lo coloco a un costado.
- Entonces sos un hebreo - corrigió el joven que seguía de pie, pero irguiendo cada vez más su arrogante cabeza rapada. El muchacho del sombrero bajó la cabeza hasta esconder la mirada entre sus rodillas y alzó la voz para balbucear.
- Soy argentino, y… – el brillo de una navaja lo interrumpió. Saltó como un resorte y se puso de pie frente al agresor. Con una toma de karate le pegó en el abdomen, lo dejó paralizado; aprovechó para doblarle el brazo de cuero negro hacia la espalda del mismo material y sacarle la navaja. Finalmente, lo tiró sobre la opuesta hilera de asientos. El muchachote con poco pelo y mucho miedo, aunque era más corpulento, en lugar de defenderse alzó las manos para mostrar que nada intentaría.
- ¿Skinhead, no lees los diarios? ¿No te enteraste que ya no nos dejamos matonear?
El ruido de los frenos del subterráneo no dio lugar a una tercera pregunta. El convoy comenzaba a reducir la marcha a medida que se acercaba a la luz del final del túnel: la estación Florida. Cuando la formación se detuvo totalmente, el joven - que yacía desmoronado sobre dos asientos - alcanzó la puerta cuando todavía estaba abriéndose, con solo dos saltos; y con un tercero llegó al andén. Al mismo tiempo que se escuchaba el pito del guarda avisando que las puertas volvían a cerrarse, el joven rapado levantó su brazo derecho de cuero negro y acercó el dedo índice al cuello. Lo deslizó lentamente de izquierda a derecha como si fuera el cuchillo que había quedado en el vagón. El joven del sombrero se alejaba dentro del subte que reiniciaba su marcha. Sus ojos sostuvieron fijamente la mirada llena de odio del recuperado provocador. El solitario pasajero abrió otra vez su libro. La lectura de un solo versículo le importaba más que la amenaza de la ventanilla. Quería llegar a su destino.

sábado, septiembre 24, 2005

Mi nombre

Mi nombre me delimita del resto de las personas. Aún si enfrente de mí hubiera otro individuo con el mismo nombre, él estaría definido por un círculo y yo por otro. Cada círculo separa el afuera del adentro y cada uno hace centro en la conciencia que gira según se mueve el radio. Ese radio es la voluntad, que al dar vueltas dibuja una circunferencia. Este contorno es mi piel, la que aparta el afuera de mi cuerpo y de mi alma, dos entidades que no se podrán separar mientras yo esté vivo. El círculo gira sobre un eje de emociones que se proyectan desde el interior hacia el exterior hasta tantear la circunferencia, la única parte visible para los demás. A veces, paso de la empatía a la aversión sin que lo perciban los demás. La circunferencia exterior que rodea a mi círculo interno es una piel que no tiene ángulos ni aristas que faciliten la percepción del indiscreto. La puedo usar como un anillo que protege el círculo al que esta envolviendo. Pero, cada tanto aparece un buen observador que en lugar de dejarse distraer con los colores que irradio, repara en los tonos, diferenciando los diáfanos de lo turbios. A él no lo puedo engañar.

Karl, el memorioso

La primera vez que lo vi, estaba con un martillo en la mano queriendo torcer un caño a pura fuerza. Los duros ojos celestes ejercían también presión sobre el metal. Un martillazo hizo chillar al testarudo objeto que al fin cobró la forma deseada. A su sonrisa victoriosa le faltaban tres dientes. Para quien gusta demasiado de la cerveza todo es motivo para festejar. Destapó una lata plateada y encendió un cigarrillo. Sus rasgos se hicieron angulosos al aspirar el humo y al beber arrugó la frente que se extendía por el afeitado cráneo. Dejó la lata en el piso y se dirigió con el cigarrillo en la boca y el caño en la mano a la estrecha escalerilla. Tenía un físico fornido y delgado como el de un boxeador welter júnior. Ya en la azotea, conectó el caño con otro. Al bajar, recobró la lata de donde la había dejado y después de un anhelado trago se presentó. Al darle la mano sentí la aspereza del trabajo acumulado, mientras oí su gutural voz que me decía:"Mucho gusto, mi nombre es Karl". Las consonantes en ingles sonaban con un tono puntiagudo que descubría al alemán como su primera lengua. Aquellos que lo trataron no hablaban bien de él. Un testimonio diferente como el mío podrá sonar ilusorio. Pero, los hechos que afectaron a mi familia impiden la lisonja a un alemán que contaba que su padre había sido un soldado nazi.Mi primer recuerdo de Karl es muy manifiesto. Lo vi subiendo al techo para arreglar la azotea que alguna vez había sido impermeable. Para pintar el negro alquitrán con un aislante plateado, cada día apuraba una carrera contra la oscuridad de la noche.
En la zona era bastante mentado por no darse con nadie y emborracharse muy seguido. Decían que después de chocar un auto contra una pared, se escapó de Alemania. Antes de ese accidente, ya le habían sacado el registro por manejar alcoholizado. Alguno añadía con malicia que detrás de la pared había quedado un muerto que le impedía volver.
A los seis meses de su llegada a Fort Lauderdale se convirtió en un inmigrante ilegal. “La gente es mejor en los lugares chicos” defendía su elección del lugar. Vivía a dos cuadras de la playa en un hotel abandonado. "Con el consentimiento del dueño" se escudaba de las críticas y con cierto orgullo ario decía: “Me pidieron que lo cuide”. No faltaba quien se le mofara cuando contaba que en Alemania había sido ingeniero.Fui a buscarlo para que me hiciera una biblioteca. Cuando llegó a mi casa sacó de una pila de libros el Antiguo Testamento, lo abrió al azar y leyó: “El faraón soñó que siete vacas flacas que devoraban siete vacas bien alimentadas…” Cerró el libro y mirándome fijo señaló: “Este capítulo se llama Miketz, y es donde por primera vez se habla de las crisis cíclicas”. Levanté las cejas, él entendió que debía seguir con la explicación.
"Desde entonces se sabe que cuando hay se debe guardar para el momento en que no haya más. Pero, de una generación a otra se olvida la escasez. La falta de memoria hace que las cosas se repitan. Hoy hay chicos que no saben que es el Holocausto. Mi país es el primero que debiera tener memoria". Una tarde, oí el acento alemán en el teléfono. Me pedía que fuera a buscar sus herramientas al hotel abandonado y que le hiciera el favor de guardarlas. Pensaba que por un tiempo no podría volver allí y tenía miedo de que alguien se las robara. Cuando le pregunté de dónde hablaba, me dijo que estaba en el Broward Hospital. Había sufrido un infarto. Colgué el teléfono y salí para allá inmediatamente. Me recibió en una cama rodeada de máquinas con cables que confluían en un monitor repleto de titilantes números. Fatigosamente alzó un brazo apuntando al cartel que estaba arriba de la puerta con el nombre de la sala. Le respondí sin palabras, solamente alcé los hombros para expresar que no advertía nada anormal en ese cartel. Karl, señalándose el vendaje del pecho, dijo: “La sala se llama Levy, el cirujano Cohen y la única persona que vino a visitarme, Farber”.

Juego

Toco a oscuras la piel desconocida

un rechazo me daría tiempo para pensar el próximo paso

pero, esta misteriosa mujer lo da primero

mi lengua recibe la suya con un sabor nuevo

mis dedos indagan sus inexplorados cabellos

su busto se apoya sobre mi pecho

acelerándole la marcha

su boca abre un trayecto que recorre mi cuello

ella suspira según mi mano baja por su espalda

sé que debo callar, pero no puedo

y se me escapa un ¡Te quiero!

- Reconozco esa voz –

dice mi mujer recordándome

que así no se juega este juego.

Caja negra

Mr. Jones era un viudo que vivía en Fort Lauderdale. Después de haber trabajado durante treinta años, dejó su puesto de cajero de banco para jubilarse. Un mes más tarde, su mujer, murió sorpresivamente de un infarto. Ella había sido una eximia cocinera y siempre se encargó de de todas las tareas de la casa. Mr. Jones nunca necesitó saber sobre quehaceres hogareños, pero ante la nueva realidad, empezó a pensar en buscar ayuda.
Una mañana, mientras Mr. Jones revisaba con la lupa la piedra montado en un anillo de platino, uno de los muchos que integraba su apreciada colección, oyó golpes provenientes de la puerta de calle. Guardó la joya en una caja negra y bajó desde el ático dos pisos por escaleras con la agilidad que los años no le habían quitado. Se paró frente a la entrada y cuando estaba por girar el picaporte, se detuvo. A través del vidrio esmerilado se insinuaba una silueta con curvas que casi se tocaban en la mitad. La estrecha cintura entonaba bien con la amplitud de las caderas. Mr. Jones pasó sus dedos por la entrecana cabellera, abundante para su edad. Pensándose peinado, dibujó su mejor sonrisa para abrir la puerta. El ingente busto, asomándose por un generoso escote, atrajo su mirada haciéndola despeñar por las flores del vestido traslúcido contra de su instinto, sólo por recato al zó la vista hasta que tropezó con la vivacidad de un par pupilas. Debajo de esos ojos negros, una boca carnosa comenzaba a moverse.
- ¿Aquí necesitan ayuda? - preguntó la mujer en un inglés con acento caribeño.
- Sí, pase usted, por favor - respondió Mr. Jones mientras terminaba de abrir la puerta con con una mano, con la otra hizo un cortés ademán invitando a pasar a esta chica que le resultaba parecida a su esposa en la época que la había conocido, hacía cuarenta años.
- Mi nombre es Guadalupe, pero me dicen Lupe - se presentó mientras que con soltura in gresaba al living
- El mío es Jones - el hombre ensanchó aún más su s suonrisa de bienvenida.
Me gusta ver como algo sucio queda bien limpio - didjo mientras pasaba un dedo por una mesa polvorienta. Un gesto de reprobación le frunció los labios antes de agregar - Me gusta que se note mi trabajo. c Adoro ver gozar mi comida - Lupe se acercó a Mr. Jones contoneando su talle al trasluz de su vestido y susurró::L” - Conozco los secretos de los picantes, su debilidad.
- Sí, es cierto. Sucumbo ante la comida muy condimentada pero ¿cómo lo supo?
- Sus mejillas no se pusieron coloradas de un día para otro - contestó la mujer mientras su dedo índice apuntaba con desparpajo a la cara del hombre que la doblaba en edad.
-¿Cómo se enteró que estaba por tomar a alguien, si todavía no se lo dije a nadie? - quiso averiguar Mr. Jones.
- Las plantas descuidadas al frente de una casa tan linda están pidiendo auxilio mientras usted se decide.
- Es cierto. Pero, por favor siéntese – Mr. Jones le señaló el sillón de cuero negro del living. Se mantuvo de pie hasta que ella se sentó. Este trato no era el habitual para una aspirante a empleada doméstica, pero Lupe no era una mujer que se encontrara todos los días. Mr. Jones pensó que ella era merecedora del puesto, además de un trato especial (dijo lo primero, pero calló lo segundo).

Al amanecer, Mr. Jones se encontraba desvelado por la mujer que dormía en otro cuarto de la casa. Todavía se relamía de la sabrosísima cena. No había comido algo tan exquisito desde que murió su esposa. Sé levantó y subió al ático en busca de su colección de anillos. Al revisar las piedras con la lupa lograba poner la mente en blanco. Cierta torpeza, resultado del insomnio, le hizo tirar al piso la pesada caja negra. Se había arrodillado para levantarla, cuando vio a su lado un camisón blanco y sobre él la larga y negra cabellera de Lupe.
- ¿Mr Jones, Mr. Jones, está usted bien? - Lupe preguntó arrodillándose al lado de él.
Mr Jones la miró para contestarle que sí, que estaba bien, pero al verla de perfil enmudeció. Notó que el camisón tenía una abertura tan grande que de ella emergía un brazo y sobraba lugar para dejar a la vista un pecho Mr. Jones acercó su rostro al de ella y le dio un beso. Cuando sintió que Lupe le acariciaba la cabeza, él podría haberle dicho, sin exagerar que estaba bien que se sentía tan bien como si fuera joven otra vez. Pero, siguió en silencio porque tenía ocupada la boca y los pensamientos en el próximo paso. Le levantó el camisón a la altura de la cintura y ella alzó los brazos para que siguiera. Mr. Jones contempló la frescura de ese cuerpo mientras ella le desabotonaba el pijama. En el tercer botón, él la interrumpió. La ayudó a levantarse y la llevó hasta un diván que estaba al pie de la única ventana del ático. Recorrió esos pocos metros abrazándole la cintura desnuda. Lupe apoyó una mano sobre la espalda del pijama y la larga y negra cabellera sobre el hombro de Mr Jones. Él trató de disimular la alteración de su respiración, pero no pudo. Su pecho se hinchaba y deshinchaba con pausas cada vez más breves. Recordó haber tenido la misma sensación durante su noche de bodas. No bien la recostó suavemente sobre el diván y le dio otro beso, terminó de desabotonar el pijama y observándola más detenidamente se dijo: “la misma desnudez”. Después de ciertas lubricaciones y escarceos voluptuosos, Lupe lanzó un grito tan fuerte que se escuchó en la vecindad. Mr. Jones pensó “Como hace cuarenta años”.


A medida que Mr. Jones se entusiasmaba cada vez más con la juventud de esta mujer fue mostrándole sus secretos. A la muda pasión por la orfebrería que por años había retenido a Mr. Jones en el ático se le sumó la alborotadora excitación que le despertaban los encantos de Lupe. Ella preparaba comidas afrodisíacas para que este hombre mayor renovara su ímpetu cada noche en el diván del ático. Con los desenfrenados encontronazos, Mr. Jones dormía cada vez más profundamente, hasta que una mañana despertó sin Lupe ni la caja negra. Se sintió pobre.

domingo, septiembre 11, 2005

Fort Lauderdale

En los veranos de la Florida, el sol no termina de aparecer si las nubes no se corren. Recién cuando eso sucede, el azul profundo del océano se vuelve celeste y se diferencia del cielo por las estrías púrpuras que delinean el horizonte. La brillantez de la luz temprana se refleja en la blancura de las gaviotas y en la espuma de las olas. Ambas, poco a poco, van recuperando lo que el día anterior les había pertenecido. Emerge un barco de carga que el sol pinta con un violento color naranja, casi fosforescente. Hace unos instantes, esa nave era invisible, escondida en la inmensidad nocuturna del océano. Junto con los colores, estallan las estridencias de los pájaros. Hasta hace un momento, dormían, hasta cuando el viento también era mudo.

En invierno, como hay menos lluvias escasean las nubes. Igual, el sol se demora en salir. El frío de la mañana todo lo aplaza. Los colores brillan menos. Las gaviotas apenas se acercan a la playa para buscar su alimento. Desconfían de quienes por allí caminan. Personas que bajan del norte para escapar del frío. Igual que los pájaros negros, los que revolotean los edificios más altos. Hombres y pájaros recorrieron la misma ruta, y aunque las aves lo ignoren llegaron al punto más medional del país. Los dos cambiaron nieve por arena.

Mr Jones es un jubilado que se despierta, como tantos otros, antes que la luz, y como los demás, corre a la playa para contemplar el amanecer. Pero, él tiene un propósito. Marcha detrás de un detector de metales. Cada silbido le indica que encontró algo. Él se arrodilla para levantar el objeto y verificar su valor. Los anillos son sus preferidos. El invierno trae más turistas que el verano y ellos vienen con anillos que pierden nadando. El amanecer los devuelve con la marea, y provoca la sonrisa de Mr. Jones. Una sonrisa mezquina.

Rivera

Mi mamá se llama Dora y viene de una familia que emigró de Polonia a la Argentina en 1925. Mi abuelo se llamaba Abraham y tenía un almacén en un shteitl de las afueras de Lublin. Un mañana fue a la ciudad, muy temprano, para comprar mercadería y sin quererlo terminó siendo testigo de algo que le apuró una decisión que, a solas, venía masticando. Unos hombres ataron la barba de un rabino a una soga y lo arrastraron por la calle desde un caballo, hasta matarlo. En ese mismo lugar, el abuelo tiró su lista de provisiones y volvió al shteitl a toda velocidad. En su casa, excitado, le pidió a la abuela Toba que empezara a empacar, le dijo que se iban a la Argentina. La abuela lo contradijo. Ella no quería ir a un lugar del que no había oído hablar. El abuelo le contó que el Barón Maurice Hirsh había comprado tierras en las Pampas de Sudamérica para repartir entre los judíos perseguidos de Europa y ahí calzó justo como evidencia la suerte que había corrido el rabino esa mañana. - Una señal, una señal - argumentó el abuelo, los dos eran supersticiosos. La abuela no desconocía el antisemitismo pero era a ella a quien le iba a tocar cruzar el océano cargada con todas sus hijas: la tía Juana, Dora (mi mamá), la tía Clara y además estaba embarazada de mi tía Esther.

La tierra prometida quedaba cerca de un pueblito que ahora se llama Rivera, pero en aquel entonces se lo conocía como Barón Hirsh. Quedaba al sur de la provincia de Buenos Aires, proximo al limite con la provincia de La Pampa. Un ignoto rincon en las pampas argentinas. Al llegar a ese apartado lugar se encontraron con algo bueno y algo malo. Lo bueno fue que inmediatamente les entregaron el campo y lo malo que era puro piedra y yuyo. La realidad les impuso muchos cambios. Durante el día, el abuelo - ex almacenero y la abuela aún embarazada - levantaban cascotes y por la noche quemaban las plantas. Se conformaron con la comida del lugar, aunque no fuera kusher. Esa había quedado junto con los seres queridos en el viejo continente. En el nuevo país nacieron cuatro hijos más.
Los siete hermanos crecieron en el campo, pero ninguno dejó de ir al colegio. Todas las mañanas, durante media hora un grupo de chicos recorría una legua en sulky para llegar a un rancho que hacía de escuela. Un dia le tocaba al abuelo y los siguientes a los vecinos.

Las veces que mi mamá se levantó tarde, tuvo que caminar las cincuenta cuadras que medía esa legua hasta la escuela. Ella se rió al enterarse del pool que llevaba a mi hijo más chico a la ORT - Inventos Modernos - ironizó. El método educativo consistía en pegar con una regla al alumno que se equivocaba. - Horacio era muy bueno - sostiene con firmeza mi mamá - Horacio era muy exigente - confirma con otro argumento - El hecho de que recuerde su nombre después de setenta años me mantiene al margen de discutir sobre pedagogía. Mi mamá tenía clases todo el día. La enseñanza pública se dictaba por la mañana y la del idish por la tarde. Al mediodía almorzaba lo que traía de su casa. Todo en la misma escuela

En la misma escuela los alumnos ensayaban obras de teatro. Hoy mi mamá cuenta esto recitando las primeras palabras de un poema que hace setenta años la subió a un escenario - ij vil farzeiln: er ist a voile ingl - quiero contarles que él es un buen chico. El día del estreno venían muchachos de otras colonias. Shapse era un ferviente militante del partido comunista que por presenciar una de esas obras conoció a mía tía Juana, la a mayor de los siete hermanos. Cuando un chico gustaba de una chica le mandaba a través de una tercera persona una tarjeta con la confesión. Si esa inclinación era correspondida, ella no tenía que hacer más que aceptar una pieza en el baile. El método funcionó para Shapse y mi tía Juana. El casamiento se hizo en el terreno que había entre la casa del abuelo y el tambo. El baño había quedado justo en el medio, ideal para las visitas que lo quisieran usar, así no veían el caos en que había quedado la casa con todo el asunto de los preparativos. Esa fue la primera vez que las hermanas apreciaran el baño afuera. Durante las noches de invierno, ante una inoportuna urgencia había que vestirse y llevar una lámpara de kerosén. Los vecinos, con tablones y caballetes, armaron mesas largas. Esos mismos vecinos hicieron de mozos durante toda la fiesta sirviendo la comida abastecida por el abuelo. Los vecinos eran una parte muy importante en la vida diaria, no solo ayudaban para los casamientos sino que venían de visita muy seguidos a jugar a las cartas por fósforos. Esa era la apuesta a falta de plata. Era considerado una gran ofensa recibir a alguien y no darle de comer. Las visitas se hacían sin avisar. Shapse apareció en un carruaje adornado con flores. Otros carromatos lo seguían como en procesión. Venían de la otra colonia. Cuando terminaron las celebraciones, los tíos Shapse y Juana se fueron a vivir a Villa Lynch, un suburbio de Buenos Aires, donde el tío se convertiría en un militante comunista. Aunque eso no le gustara al abuelo, era peor que su hija se quedase soltera.

Los que se quedaron en el campo tenían que trabajar duro, mi mamá también. Le tocaba ordeñar las vacas al amanecer, antes que se la llevaran en tachos para Bahía Blanca. No había maquinarias que ayudaran. Los caballos se usaban para arar. Las tierras estaban arrendadas por el Barón Hirsh.- De cada cien bolsas cosechadas el abuelo debía entregarle sesenta bolsas. De las cuarenta restantes, que eran para vivir hasta la otra cosecha, sacaba algunas para darles a los comunistas y a los sionistas. Una vez llegó al campo un inspector del Barón Hirsh para controlar el total de lo cosechado. En el momento en que el hombre estaba por pinchar una parva frente al corral, el ovejero alemán se le tiró a la pierna con furia. No solo le rompió el pantalón sino que le hizo sangrar mucho. El inspector terminó en el hospital. Por suerte no volvió más. En 1946 el gobierno decretó que aquellos que arrendaron tierras por más de veinte años pasaban a ser dueños de ella. Aunque esa medida fue hecha a medida para el abuelo, él nunca se hizo peronista. Tampoco fue comunista ni sionista. Antes de emigrar de su shteitl habia sido un observante de los preceptos mas importantes de la religion, algunos conservo en su nueva tierra, y exigio el mismo cumplimiento de sus hijos. Pero, nunca les explico por que. Ellos heredaron el mandato de preservar una tradicion, pero sin darles los conocimientos. Yo herede la ignorancia.

Acerca de mí

Escribir es lo que mas me gusta